Trabajar en una recepción es algo duro, son muchas horas entre llamadas, reservas, salas y correos. Es decir, el roce hace el cariño… La imaginación en esos casos sale volando y tan gratamente fue así que nos visualizamos yendo al norte de Europa, como buenas heroínas de película, y finalmente dicho y hecho: Estocolmo nos esperaba.
Tres mujeres y una ciudad por descubrir. Las comparaciones con la cultura española de los años 70 eran inevitables, todo se ha de decir, y enseguida empezaron los codazos disimulados y las bromas entre nosotras. Si antes era Jose Luis López Vázquez quien iba a por las suecas, ¡ahora nosotras íbamos a por los suecos!
Vamos a dejar de lado los pormenores de viajes baratos en época estival, no somos las únicas ni las últimas en sufrir los vuelos a las cuatro de la madrugada y los controles en maletas y restricciones de peso todo por ahorrar unos euros (que sabemos acaban yéndose igualmente en autobuses y demás tránsitos). La emoción de pisar el país creador de Ikea, H&M y Spotify (por nombrar unas pocas de las grandes aportaciones al mundo de nuestros amigos los nórdicos) superaba con creces las molestias del traslado. Una vez puestos los pies en la fría Estocolmo, nada podía salir mal.
Algo que se ha de saber sobre esta ciudad y que es imposible no tener presente es que es muy cara. La perspectiva de comer rollitos de salmón y cebolla confitada no es al bolsillo lo mismo que los famosos hot dogs de 50 céntimos de Ikea mientras esperas tus muebles. Otra cosa que puede sorprender, en comparación con países vecinos, es que muy pocas cosas se encuentran en inglés. A diferencia de países como Dinamarca, Suecia tiene la intención de preservar sus costumbres pese al nivel de turismo que hace que allá donde vayas encuentres la carta en inglés (sin ir más lejos no hay más que pisar las Ramblas de Barcelona para pensar que fue una pena abandonar las clases particulares de inglés; sin duda necesitas un First Certificate para salir impune). Eso sí, allí todas las personas con las que te puedes cruzar hablan perfectamente el idioma, y no suele haber problemas de entendimiento.
Todavía con el tema de la comida entre manos, una cosa que llama la atención además de los manjares, son las costumbres suecas a la hora de alimentarse: el nuestro país no solo comemos en un horario más mediterráneo sino que nos cobran por todo, el pan, el servicio, casi hasta pagas si quieres que te sonrían. En Estocolmo la sonrisa viene siempre de manera gratuita, junto con los panes, cubiertos, bebidas e incluso algún acompañamiento. Allí pides toda la comida, la pagas y mientras esperas amablemente tienes un bufet en el que entretenerte, todo por el módico precio de 100 kr (que puede sonar mucho y asustar, pero acaba siendo un menú de 10€ aproximadamente).
Sobre la ciudad, poco podíamos decir que no se viera ya en nuestras caras maravilladas. La forma a modo de pequeñas islas comunicadas con puentes, el claro contraste entre cada una de ellas, etc. No es que seamos muy duchas en sueco, el idioma, así que no podríamos recomendar ninguno de los puntos de referencia de la ciudad sin tener que ojear la guía de nuevo, o sin hacerlo por los nombres inventados que les pusimos. Sin embargo es necesario decir que es muy fácil guiarse y sobretodo caminar. Puede que fuésemos un poco alocadas, pero en ningún momento de nuestro viaje nos subimos al transporte público, sino que decidimos aventurarnos en la ciudad a pata y disfrutar todos y cada uno de sus momentos.
Y ya que hablamos de monumentos, sé que el lector está esperando oír la crónica sobre aquellos que no son patrimonio de la ciudad, pero sí bien conocidos mundialmente. La guía con la que nos habíamos hecho en una librería previamente al viaje bien lo advertía: no todos los monumentos se ven de día, los más bellos salen al anochecer. Finalmente llegaba el momento de comprobar si la fama que precedía al hombre (y por descontado mujer) sueco era justificada. Y sentimos mucho defraudar al que espera la crónica llena de adjetivos ante la belleza nórdica, tal vez fue que las expectativas estaban muy altas, porque nosotras también regresamos con cierta tristeza. No nos malinterpretéis, el hombre sueco (lo sentimos por el lector masculino, la crónica no se centra en las suecas, de eso ya se encargó el cine del destape) es un hombre pulido, bien vestido y diferente a la imagen que se puede tener del típico españolito. Allá donde fuéramos encontrábamos trajes, americanas, pañuelos, gafas de sol de marca y corte de pelo muy moderno. Sin embargo, parecer vestido por las páginas del GQ no lo es todo. Toda persona que nos cruzábamos por la calle iba tan arreglada que perfectamente podían salir en el catálogo Otoño/Invierno. Pero dejando eso de lado, podemos culpar al frío si queréis, el sueco es alguien distante, “bonito de ver” pero no para admirar.
El regreso a Barcelona (y por descontado a la recepción) fue triste. Estocolmo se ha quedado en el recuerdo como una ciudad genial para visitar en verano, cuando todavía los días pueden ser soleados y la temperatura más o menos agradable, por la que pasear y admirar en la distancia el modo de vida nórdico. Sin embargo, una pizquita de sal al ambiente, no estaría de más.
Autora: Lara A. Serodio Domínguez
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