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Malta, día a día de unos estudiantes sin miedo a nada

Salimos del aeropuerto con nuestras ilusiones y expectativas intactas a pesar de una larga jornada de viaje. Las ojeras en nuestros rostros denotaban que apenas habíamos dormido y que la noche había sido larga. Nuestra primera percepción visual del entorno fue diferente a lo que esperábamos. Aunque he de ser sincero, no sé muy bien qué esperábamos.

Los tonos amarillentos, cobrizos, marrones y anaranjados tanto del paisaje como de las construcciones que se podían ver desde donde nos encontrábamos nos dieron la bienvenida a La Valeta. “Parece que estamos en Kabul” comentaban algunos de nuestros compañeros españoles en el avión, provocándonos una risa tonta.

La larga cola de taxistas reclama nuestra atención haciéndonos ofertas por el trayecto, como si fuera un mercadillo. Al final optamos por la opción más económica, el autobús. Aunque habíamos leído sobre los particulares (por decirlo de algún modo) autobuses de la isla, la fisionomía y el interior de éstos nos sorprendieron. Era la clásica caravana que se asocia al movimiento hippie, con los asientos en mal estado y polvorientos y con un sistema de aviso de paradas un tanto particular: una guita colgada por el techo de la que había que tirar para avisar al conductor. Como apunte curioso también cabe destacar que la puerta delantera, que por otro lado es la única que existe, permanece abierta en todo momento durante el trayecto dándole un toque de emoción extra a los recorridos.

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Típico autobús maltés

Tras un viaje con los ojos abiertos como platos, intentando sin éxito ubicarnos durante el trayecto llegábamos a la estación principal de autobuses de La Valeta. En este caso, como concepto de estación debe entenderse un conjunto de autobuses en una amplia rotonda y con una distribución más bien caótica.

De nuevo cogimos otro autobús que nos llevaba ahora sí hasta la ciudad donde nos alojaríamos, Sliema. Dejamos las maletas en el hotel y aprovechamos la mañana para dar una vuelta por los alrededores del hotel. La costa isleña era rocosa, las playas no tenían arena y cada aproximadamente 100m encontrábamos unas escalerillas similares a las de las piscinas que ayudaban a acceder a las zonas de baño.

Al recorrer un largo trayecto por el paseo marítimo de la pequeña Sliema, nos dimos cuenta de lo minúsculas que eran las ciudades de la isla. Casi sin querer habíamos llegado a Saint Julians, otra urbe maltesa.

Aprovechamos la tarde para regresa a la capital, La Valeta, y así poder admirar la ciudad más representativa del país. No nos defraudó. La distribución de sus calles, ese aire medieval y las murallas que la rodeaban hacían de La Valeta una ciudad con un ambiente especial. Para el recuerdo siempre quedará en nuestras retinas la panorámica del puerto desde un monumento que en este momento no recuerdo con claridad cómo se llamaba.

Anochecía en nuestro primer día en Malta y regresamos al hotel en el que dormiríamos desde las 20:30 hasta casi las 10:00 del día siguiente.

El día dos del viaje se abría despejado y con un sol espléndido. La ruta para ese día contemplaba destinos tan dispares como Marsaxlokk, Saint Julians y Rabat. Nuestro aliado para tal rocambolesca ruta eran los precios de los tiques del autobús; ir de un extremo al otro de la ciudad sólo costaba en torno a un euro.

Destaco sin ningún lugar a duda, de entre las tres ciudades, el puerto de Marsaxlokk. Las variopinta y coloridas barquitas de pesca de su puerto conformaban una casi indescriptible imagen. Personalmente equipararía la imagen mental que aún reside en mi cabeza a la de un mercado recién abierto, rebosante de tonalidades, colores y vida.

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Puerto de Marsaxlokk

Tras el paso por este precioso puerto y con un nuevo recuerdo imborrable en nuestras mentes, el día dos tocaba a su fin.
Amanecía un nuevo día en nuestro pequeño hotel de Sliema. El día tres (y último) se preveía muy ajetreado y no era para menos. Habíamos reservado para nuestro último día en Malta la visita a Gozo, la segunda isla más grande de las tres que componen el país de Malta (Malta, Gozo y Comino por orden de tamaño).

Nos dirigimos a Ċirkewwa, no sin antes habernos perdido un poco todo hay que decirlo, desde donde zarpaba el ferry que nos ayudaría a atravesar el Canal de Gozo. Casi a medio día ya, llegábamos a la isla de Gozo.

Salimos del barco y nos dirigimos sin saber exactamente a dónde hacia una plataforma que parecía ser la estación de autobuses de una ciudad cuyo nombre desconocíamos. De repente nos invadieron las dudas, ¿qué íbamos a hacer en Gozo? Los principales atractivos de la segunda isla de las que conforman Malta eran paisajes naturales de acceso casi exclusivo en coche. Consultamos el horario de los autobuses, sin embargo, esta vez la intuición nos había fallado.

Cuando más desesperados nos hallábamos apareció una solución, una que nunca habría entrado en nuestros planes. Un desconocido se nos acercó, sin duda al ver nuestras caras de guiris perdidos, y nos comentó que trabajaba para una agencia de viajes y guías en Gozo. Sin acreditación o ficha identificativa alguna nos propuso un trato: que subiéramos a un autobús con “otros muchos turistas” que hacía una ruta por los lugares más turísticos y de interés de Gozo durante todo el día por 10 euros. Ante la falta de otras opciones, accedimos. Pagamos al guía y se marchó.

La sorpresa llegó cuando apareció el vehículo. Y digo vehículo porque no era un autobús, ni siquiera un microbús. Era un turismo, un coche normal y corriente. Los “otros muchos turistas” se vieron reducidos a “ningún turista” o “0 personas” si lo prefieren. Al volante del coche, un Ford Mondeo si mal no recuerdo, había ahora una mujer. Se excusó como pudo en un sorprendente buen inglés. “Hemos tenido problemillas y el autobús está estropeado. Como nadie más había contratado esta ruta ahora pues hemos tomado un coche”.

Secuestro exprés, rapto y timo fueron las tres primeras palabras que se me vinieron a la cabeza. También frases maternas tales como “tened mucho cuidado” o la archiconocida y, muy recurrente en este caso, “no te subas al coche de un desconocido”. Tras una mínima discusión en español con caras de sorpresa y un poco de estupor, tragamos saliva y subimos al vehículo. “Que sea lo que Dios quiera” pensamos todos.
La tarde fue…increíble. No pudimos haber tomado una decisión más acertada. Pudimos ver todo lo que deseamos: Rabat, Azure Window, Mgarr, la Cueva de Calipso y un amplio etcétera. Al anochecer, ya de vuelta en el puerto de Mgarr (ya conocíamos el nombre) desde donde tomaríamos el ferry de vuelta a Malta, agradecimos enérgicamente a nuestra chófer personal.

Rabat Malta, día a día de unos estudiantes sin miedo a nada

Rabat, Gozo

Tras llegar de nuevo a Ċirkewwa, decidimos coger el primer autobús destino Sliema para disfrutar nuestra última noche en la isla. La noche se nos había echado ya encima. Sin embargo, una última sorpresa nos esperaba en el autobús que tomamos.

Íbamos sólos, ocupando la última final de asientos. El conductor apenas había realizado paradas. De repente, en un lugar lúgubre y desconectado de cualquier urbe subió un hombre y se sentó a la derecha del chófer del vehículo. Comenzaron a hablar en maltés y a mirar hacia atrás y señalarnos disimuladamente. La situación se volvía incómoda, puesto que el caballero, por decirlo de algún modo, que se había montado recientemente tenía un rostro que trasmitía todo menos esperanza. Cuando empezábamos a estar realmente inquietos, un nuevo vuelco al corazón, el conductor se salió de la carretera principal y se metía por una carretera sin salida. ”He visto que se sacaba algo metálico” comentó uno de nosotros. Tragamos saliva. Durante unos instantes que parecieron eternos el vehículo permaneció parado. El chófer se levantó y vino hacia nosotros. “No miréis, no le miréis” murmuró otro. Cuando llegó, y nos vio a todos nerviosos mirando para otro lado, sonrió y dijo en inglés “perdón, me he confundido de camino, damos la vuelta aquí rápidamente y nos volvemos”.

¡Qué alivio! No podíamos creernos lo tontos que habíamos sido. Por supuesto, el amigo nuestro que dio el aporte del objeto metálico recibió su premio por fantasma en forma de capones.

Saint Julians Malta, día a día de unos estudiantes sin miedo a nada

La noche en Saint Julians, Malta

Salimos en Saint Julians la última noche de fiesta y a la mañana siguiente nos despertamos destrozados, pero con la sensación de haber disfrutado nuestra última noche en la isla. Nuestra pequeña aventura llegaba lamentablemente a su fin. Nuestras pequeñas maletas regresaban a España con poco espacio, mucho menos que a la ida, puesto que volvían repletas de unos recuerdos imborrables.

Malta, ¡nunca te olvidaremos!

 

Autor: Julio Rodas

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