Mi viaje fue muy especial, pero no por el viaje en sí, ya que ya había visitado muchos de los lugares, si no por la compañía y lo bien que estuve durante ese tiempo. Un viaje que siempre me arranca una sonrisa cuando pienso en él y en todas las anécdotas que nos ocurrieron.
Después de un año nefasto, algo bueno tenía que tener. Lo primero fue el reencuentro con una gran amiga, después de casi cinco años y lo segundo, poder hacer este viaje con ella.
Llegaba el momento de las vacaciones y con ellas, el bajón por no tener nada que hacer y ver que todos mis amigos se iban con sus parejas.
Una llamada lo cambió todo: Si no tienes pasaporte, ya puedes ir a hacértelo, por que… ¡nos vamos de crucero!.
No me lo podía creer, me iba a ir una semana con mi amiga de crucero por el mediterráneo. Así que me saqué el pasaporte, preparé todas las cosas y llegó el gran día. Nunca me había montado en un barco, así que estaba un poco nerviosa
Cogimos un taxi para ir al puerto de Barcelona. La sensación, al llegar y ver el barco donde vas a viajar es…. Indescriptible.
Por suerte, llegamos temprano a la terminal y no había mucha gente embarcando, nos cogieron las maletas y no las volvimos a ver hasta que llegamos a nuestro camarote. Después entramos en el barco, nos hicieron la foto y nos dieron las tarjetas de la habitación. A partir de ese momento empezaban nuestras vacaciones. Siete días maravillosos, en los que pude conocer gente nueva, ver que la amistad que me una a Sandra es especial y poder visitar una ciudad distinta cada día sin el problema de ir con la maleta a cuestas.
Nuestro trayecto en el Voyage of the Seas de la Royal Caribbean fue: Barcelona – navegación – Nápoles, Capri – Civitavecchia, Roma – Livorno, Pisa, Florencia – Niza, Montecarlo – Marsella – Barcelona.
Después de pasar la mañana paseando por el barco, llegamos al camarote, colocamos las cosas. Sandra no era la primera vez que iba de crucero y, por suerte, eso nos ayudó a movernos un poco mejor por él. Así que después de ponernos más cómodas, fuimos a ver la pista de basquet, el minigolf, los restaurantes, el casino, el teatro….
Viajábamos en una ciudad flotante a la que no le faltaba absolutamente de nada.
Las excursiones, decidimos hacerlas por libre. Queríamos descansar, pero también visitar sitios. Así que nos bajariamos en todos los puertos, excepto Marsella.
Primer puerto: Visitamos Nápoles. Las dos queríamos visitar la isla de Capri, así que fuimos a coger unos transportes que nos llevaran a la isla. La verdad es que fue una locura comprar los billetes e intentar entrar en una de las barcas, estaba lleno de gente, de grupos, unos corriendo por un lado, otros corriendo por el otro…. Uffff que estrés, y eso que estábamos de vacaciones. Pero pudimos entrar en una de aquellas barcas y llegar, más o menos pronto a la isla.
Por suerte Sandra tenía casi todo el viaje planificado. Pero de camino a Capri, no sabíamos como subiríamos la montaña.
Por suerte, para muchos de los allí presentes, un hombre nos llevaba a dar una vuelta por la isla, por un módico precio. Decidimos que para movernos por la isla era lo mejor. La isla es preciosa. El puerto está lleno de tiendas para turistas, pero cuando subes la colina y vas viendo el mar, la vegetación, la playa…. En serio, un paisaje precioso.
Acabo de recordar que subimos en un telesilla. ¡Que mal lo pasé!… yo y mi miedo a las alturas. Por suerte fue corto y el miedo no me impidió admirar el paisaje.
Después del viaje por Capri, paseamos un poco por la ciudad de Nápoles. Íbamos acompañadas por dos conocidos y uno de ellos siempre que va a Nápoles se compra una corbata, así que estuvo mirando tiendas. Después comimos con ellos en un pequeño restaurante, que la verdad, no nos trataron muy bien. Después de comer mi amiga y yo decidimos volver al barco, por que queríamos descansar un rato.
Segundo puerto: Nos tocaba ir a Roma. Las dos ya habíamos estado, pero no nos lo podíamos perder. Esta vez, nos levantamos temprano, desayunamos en el camarote, nos vestimos y salimos a puerto. Allí nos tocó caminar, para salir del puerto y dirigirnos a la estación.
La verdad es que caminamos un buen rato, pero nos daba igual, por que nos estábamos divirtiendo un montón. Con un mapa y ganas llegar, nos dispusimos a pasar un gran día.
Sandra ese día decidió que tenía que hablar con acento italiano, pero no sé por qué le salía acento ruso. Creo que no he reído tanto en la vida, me dolía la cara, el estómago… pero aún así, no podía parar de reir. Visitamos: Plaza España, el Panteón, la Fontana di Trevi, la Piazza Navona, el Colliseum, la Plaza Venecia… En la Fontana nos paramos a comer un heladito, cerca de la fuente a los cuatro rios tuvimos nuestro momento corazón.
Nosotras queríamos ver monumentos, pero no como si fuésemos una manada de animales y el guía el pastor que los lleva a todos los lados. Preferimos ir por nuestra cuenta, ella con sus mapas y yo con mi italiano nos defendimos estupendamente y hoy día no me arrepiento de esa decisión, pues fue la más acertada.
Caminamos horas, horas y horas… En la Plaza Venecia decidimos que nuestra última visita antes de volver sería el Colliseum. Yo pensé que estaba muy lejos y que sería mejor coger el autobús. Al final Sandra se fijó bien y mientras caminábamos me preguntó que si lo que se veía al fondo era el Colliseum, poco más y me muero. ¡Está al lado! Y yo pensando que estaba en la otra punta. No sé como lo hice la primera vez que fui a Roma. No teníamos que caminar más de quince minutos (quince minutos eternos) bajo el sol, en los que Sandra y yo nos reímos por mi mala orientación.
Después de verlos todos, hacernos fotos, reirnos, comer helado, pedir un deseo…. Decidimos volver al barco a descansar y llegamos justo para poder comer.
Tercer puerto: Juro y perjuro que las dos queríamos levantarnos y visitar Pisa, ya que Sandra no había estado. Pero cuando nos despertaron, con el desayuno, con dolor en las piernas por la excursión del día anterior y mis pies quemados, por el sol abrasador de Roma, decimos que nos tomariamos el día libre. Queríamos aprovechar el día en la piscina. Relajarnos y pasarlo bien. Estábamos de vacaciones y queríamos tener un día que llamamos “perro”, es decir, no hacer nada. Solo disfrutar del sol, la bebida, la comida…
Cuarto puerto: Llegamos a Niza y nos bajamos a unas lanchas que nos esperaban al lado del barco. El puerto es tan pequeño que un barco de esas dimensiones no tiene cabida allí. Así que las lanchas nos llevaban al puerto. Llegamos y de allí nos dirigimos al tren. Pero nos esperaba una sorpresa no muy buena, no había billetes. Era imposible y no nos querían vender ninguno. Nosotras queríamos ir a Montecarlo. Queríamos pasar por delante del casino, ver los coches de lujo, las tiendas, la ópera, el puerto…
Por suerte nos hablaron de un autobús, que nos llevó hasta el mismo centro de Montecarlo, tampoco es muy difícil, pues no es que sea muy grande. Llegamos a esa pequeña ciudad del Principado y paseamos por sus lujosas calles. Antes de la hora de comer estábamos en el barco.
Quinto puerto: Marsella. Sandra ya había estado en la ciudad y a mi no me apetecía bajar, por eso decidimos aprovechar el último día que pasaríamos en el barco, pues al día siguiente nos tocaría volver a la realidad, volver a Barcelona.
Los días en el barco: Pasamos unos días estupendos dentro de la ciudad flotante, tomando el sol en la piscina de adultos, junto a nosotras una cubitera con hielos y dos cervezas bien frias. Íbamos al jacuzzi, paseábamos por las cubiertas, …. Por las tardes, descansábamos en nuestra habitación y nos preparábamos para la cena.
Pero antes de cenar, siempre íbamos a tomar nuestra copita. Ella un Cosmopolitan y yo un Martini seco. Así que llegábamos, a veces, un poco achispadas a la cena.
La primera o segunda noche conocimos a una pareja que venía de luna de miel. Ella un poco más mayor que él, nos habló de su historia, una bonita historia. Yo estaba empezando a salir del pequeño agujero donde estuve ese mísero año y oir unas palabras tan bonitas me motivaron mucho a seguir adelante.
La noche era nuestro momento de risas, de bromas…. Estábamos de crucero y queríamos divertirnos, pasarlo bien, pero entre amigas, sin hombres de por medio. Solo íbamos a cenar con dos conocidos, pero durante el día, estábamos solas, pudiendo hablar de nuestras cosas, nuestras inquietudes, y por las noches nos desmelenábamos un poquito.
Nunca podré olvidar nuestras copitas en la zona vip, ni tampoco las noches en la discoteca, cuando a mi se me insinuó un hombre de seguridad y a Sandra un hombre que… mejor no decir nada de ese hombre. Nuestros momentos nocturnos por el pasillo de los camarotes, intentando llegar al nuestro, riendo, cantando, saltando…. El momento acoso del niño de 20 años que quería entrar en nuestro camarote a “dormir”, después de conocernos en el jacuzzi. Las fotos con las figuras de toalla, que nos hacían cada tarde. Nuestro camarero preferido: Geoffrey.
Divertirse en la discoteca, después de una suculenta cena, con un dj, si se le puede llamar así, que nos ponía música extraña y los siete días la misma. A una chica, que la llamábamos “la rusa” intentando ligar con un conocido nuestro, por que se pensaba que estaba saliendo con mi amiga.
Momentos surrealistas con personas desconocidas y entre nosotras mismas. Momentos mágicos, divertidos, únicos, que sólo con una verdadera amiga, que es para ti como una hermana, puedes pasar.
Gran viaje, grandes vivencias, mejor compañía.
Autora: Patricia Pérez, Barcelona
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Me gusta, está muy bien escrito y documentado