Solo cuando entramos en las carreteras secundarias, a la altura de Chateauroux, sentimos que las horas de viaje habían merecido la pena. Viajar por autopistas francesas es un anodino pasatiempo, kilómetro tras kilómetro, sin más animación que los abundantes carteles turísticos y los cuidados puntos de descanso. En uno de ellos encontramos el mayor entretenimiento, que no diversión: una revisión a fondo de nuestro coche por parte de los gendarmes. Buscaban terroristas: dos días después vimos en las noticias que los habían encontrado.
Aunque el destino era París, dada la distancia y el viajar con una niña de cinco años, decidimos hacer una noche en el camino. No había sido difícil elegir: una visita al castillo de Chenonceau(x), (la falta de x en relación al pueblo que lo acoge tiene historia, parece ser un homenaje a la monarquía por parte de una de sus propietarias en duros tiempos republicanos) y un hotel de paso en Amboise, pequeña ciudad llena de secretos históricos.
Como decía, una vez entras en la Francia profunda empiezas a disfrutar del viaje. A partir de Buzançais, nos topamos con el Tour. Pasaría la siguiente semana por esta misma carretera, después de muchos años de ausencia y ya estaban preparados para acogerlo: carteles en campos de trigo, bicicletas formadas con pacas de paja,… nos dimos cuenta de la importancia de esta carrera en el país.
En Nouans Les Fountains nos encontramos con la primera muestra típica de la arquitectura de la zona: la iglesia de san Martín. No nos detuvimos demasiado, porque la niña quería llegar cuanto antes al castillo y revivir historias de princesas.
Pocos kilómetros después llegamos a Chenonceau, para muchos el castillo más hermoso del mundo. Posiblemente lo sea. Un sendero flanqueado por altos árboles nos lleva hasta él. Tradicionalmente se ha conocido como el “castillo de las damas” porque su historia siempre ha estado unida a ellas. En la zona hay castillos más grandes, jardines más grandes, lugares con más historia, pero nada comparable en belleza a este castillo.
La vista de la que disfrutaron los habitantes del mismo son privilegiadas. La buena conservación del medio que les rodea nos ayuda a rememorar estas sensaciones. La colección de arte que alberga el castillo es importante, pero nos recreamos mucho más en contemplar el río desde las ventanas o en visitar la cocina del castillo, con el curioso embarcadero al que llegaban todos los proveedores para no mezclarse con los nobles habitantes del castillo.
Le explico a la niña la historia de chambre des cinq La Reines, pero al ver la cara que pone recuerdo que ella es más de princesas que de reinas. Mejor no le hablo de amores los prohibidos que marcan la historia de este lugar.
En épocas remotas, ser amante de un príncipe salía rentable: Diana de Poitiers fue obsequiada con el castillo y no paró hasta conseguir que su suegro (no oficial) trasladara la corte hasta aquí. Eso la convirtió en una mujer muy poderosa. Se cuenta que para mantenerse joven bebía un extraño brebaje de alto contenido en oro, algo confirmado hace poco por un grupo de científicos que estudiaron sus restos. A pesar de todo, el gran poder que ejercía sobre su amante Enrique II (para muchos era la reina en funciones)se desvaneció cuando este murió por accidente.
A la esposa oficial, Catalina de Médicis, le faltó tiempo para echarla del castillo. A partir de ahí, decide reformarlo hasta dejarlo como lo conocemos hoy, construyendo la galería que pasa por encima del río Cher, que posiblemente sea su característica más apreciada. También de su época data el famoso laberinto que, reconstruido, es una de las señas de identidad del lugar. Mientras salimos del castillo, me pregunto si Leonardo Da Vinci frecuentó estos jardines, aunque luego recuerdo que el esplendor del castillo comienza unas décadas después de su muerte.
Tras apenas a quince kilómetros llegamos a Amboise, bañado ya por el río Loira. El castillo de esta localidad es mucho más imponente que el de Chenonceau, aunque no tan hermoso. A nuestra llegada varios globos aerostáticos forman una hermosa estampa junto al atardecer, el río y los muros de la fortaleza.
Aquí se instaló la corte francesa durante largas temporadas y aquí reposa Leonardo. Llegó ya anciano, pero hiperactivo. Trabajó en el diseño de una red de canales que pudieran transportar a la corte desde París hasta aquí, fue el diseñador de las fiestas reales (se cuenta que en una de ellas aterrorizó a los cortesanos con la aparición por sorpresa de un león mecánico), diseñó un palacio real, máquinas voladoras, etc. A pesar de ser contratado fundamentalmente como pintor, trabajó sobre todo en ingeniería.
Francisco I lo idolatraba, llamándole “padre mío”. Por desgracia, con su muerte (dicen que en los brazos del rey, aunque parece ser que es una leyenda) se pierde todo, porque ninguno de sus discípulos tiene talento para seguir con los proyectos iniciados.
Su habitación se conserva prácticamente intacta, salvo el cuadro que hay en la cabecera cuando fallece, la famosa Gioconda, cuya ubicación actual conoce hasta mi pequeña niña. Es en el castillo de Clos-Lucé, que alberga en sus jardines unos cuarenta artilugios diseñados por el superhombre. A nuestra llegada a la ciudad, esta última morada ya ha cerrado las puertas, pero mientras cenamos en una idílica terraza al lado del castillo y disfrutamos de la calma de la campiña francesa decidimos que merece una visita.
París bien puede esperar unas horas, Leonardo no.
Autor: Javier Casamor, Soria
Etiquetas: amboise, castillos, chateuroux, chenonceu, leonardo da vinci, paris, relatos, valle del loira










Un artículo interesante.
Solo que yo no diría que sus discípulos no siguieran con sus proyectos porque no tuvieran talento, por que no es así, solo que Leonardo es “otra liga”. La cita de Leonardo “mal discípulo quien no supere a su maestro” no hay que tenerla en cuenta cuando el maestro es Leonardo
Un saludo de otro apasionado de Leonardo, que seguirá algún dia vuestros pasos.
Muy interesante este relato, lo veo como una reivindicación del slow travel, buscar la riqueza de los sitios pequeños frente al turismo masificado, la historia de los lugares inesperados, otra manera de viajar.
No creo que en París pudierais disfrutar tanto, o por lo menos de una manera tan tranquila vuestro viaje.