Establecimientos rurales, restaurantes de campo, espacios gourmet en medio de la nada… Aquí va una primera selección de algunas de las mejores propuestas gastronómicas que uno puede encontrar cuando se aleja, como máximo, 150 kilómetros de Buenos Aires. En casi todos los casos, hay menúes fijos. En todos, el gasto no supera los 20 euros por comensal.
1. Los Girasoles, en Carlos Keen
Ubicado en las afueras de un pueblo que ni adentros tiene. Pertenece a una fundación que acoge niños de juzgados de menores y su menú está supervisado por Martiniano Molina, reconocido chef argentino. Los platos son de corte gourmet (ravioles rellenos de borraja, bondiola con puré de batatas, conejo a la cazadora, ñoquis de rúcula), al igual que las entradas (degustación de escabeches, humus de garbanzos, patés y variedades). La visita se completa con la huerta y granja que tiene al fondo, como para quedarse un buen rato mirando el comportamiento errático de los animales, y con un café servido en un quincho rodeado de césped. A 80 kilómetros de Buenos Aires por ruta 7.
2. La Lechuza, en Navarro
Techo de paja, mesas largas con ornamentación mínima (por no decir nula), suelo de tierra, vajilla cincuentenaria, cuadros del pintor telúrico Molina Campos salpicados desprolijamente en las paredes… Este es el marco en el que este emblemático restaurante de campo (que existe desde antes de que este tipo de establecimientos se convirtiera en moda) sirve sus delicias arbitrarias. No hay una carta: es menester seguir la decisión tomada por la cocinera. Las porciones son muy abundantes. Y cuando parece que ya no cabe más nada en el estómago, aparecen unas tortas fritas dulces, rellenas de batata, que van de cortesía para amenizar el viaje de regreso. Para llegar, hay que andar 140 kilómetros. Primero por la ruta 7 hasta Luján, luego por la 5 hasta Mercedes y luego por la 41. En algún momento, habrá un poste rojo y blanco a rayas (a la usanza de las viejas peluquerías) en la ruta sin ninguna otra indicación. Allí hay que doblar a la izquierda y andar un par de kilómetros.
3. Macedonio, en Uribelarrea
En medio de un pueblo que rechaza el progreso como Drácula rechaza las ristras de ajo y que se puede recorrer en menos de una hora, este restaurante, ubicado en una esquina que tiene palenques para amarrar caballos y un surtidor antiguo de gasolina, sirve carnes que notoriamente fueron ubicadas en la parrilla durante la mañana, por lo que llegan a la mesa en el estado de cocción ideal. Son sólo 80 kilómetros por la autopista Ezeiza-Cañuelas.
4. Santa Victoria, en Tomás Jofré
Elegí uno por elegir uno. Se trata de un pueblo gastronómico, en el que hay más restaurantes que habitantes. Propone la posibilidad de comer asado (aunque la calidad de la carne de hoy no es tan buena como lo fue en el pasado reciente) bajo la sombra de un tilo, al lado de una calle de tierra por la que no pasan autos y sí gallinas. Generosas las entradas con empanada y fiambres, muy generosa la carne (atención: preguntar si hay lechón y/o cordero) y conmovedores los postres caseros. Por la tarde, como para bajar un poco, se puede ir hasta la plaza, donde hay una feria de artesanos locales, y degustar el licor de sabayón. A 85 kilómetros, por ruta 7 hasta Luján y luego ruta 5. El acceso está poco antes de la llegada a Mercedes.
5. La Perseverancia de los Domínguez, en Otamendi
“El fin del mundo más cercano a Buenos Aires”. El slogan de este lugar no puede ser más preciso. A no dejarse engañar: es un caserón viejísimo, pero abrió recién en 2001. Los ravioles de verdura con pollo de campo directamente roza la perfección. Las paredes están forradas de publicidades antiguas (como si se tratara de una norma obligatoria para este tipo de lugares) y en el fondo tiene un terreno con juegos para chicos. Para bajar la comida, nada mejor que una caminata por la Reserva Natural, ubicada muy cerquita, con senderos plagados de vegetación y unas cuantas especies animales. Se llega por Panamericana ramal Escobar (ruta 9), kilómetro 68.
6. Restaurante El Rincón, en Villa Ruiz
Un italiano (nacido en Roma) llegó hasta este paraje desolado y se puso a cocinar pastas. Ambiente despojado, 100% campestre, con un gallinero en un fondo y una conejera en otro. Las papas que llegan con la degustación de entradas fueron preparadas en el mismísimo paraíso. Para llegar, hay que entrar a Carlos Keen y luego hacer una ruta interna, llamada Camino Real, de 10 kilómetros. Está en el medio del camino, antes de llegar al pueblo, así que hay que transitar con atención.
7. Obayca, en Cortínez
Un caso raro: el edificio donde se ubica el restaurante es más antiguo que el pueblo mismo. Tiene 129 años, mientras que la fecha de fundación de la localidad acusa 121. La provoleta Obayca, que por algo homenajea en su nombre al mismo lugar que la produce, los chorizos y la bondiola a la parrilla, se exceden de deliciosos. Igual, cualquier cosa que se pida de la carta (que incluye también pastas y pescados), amenaza con no decepcionar. Derecho por la ruta 7 hasta el kilómetro 78. Desde allí, el restaurante se ocupó de que esté todo perfectamente señalizado.
Nunca falta quien afirma que vale la pena recorrer los 74.5 kilómetros que separan este polo industrial de Buenos Aires (por la ruta Panamericana, ramal Escobar) para comer “las mejores pastas que se hacen en la Argentina”. Los fetuccinis al pesto de la casa y los fuccili cinco cebollas parecen dar por cierta semejante afirmación. Pero atención: en un lugar así, tan protoitaliano, uno puede pensar que el tiramisú es orgásmico. Pero se ve que la nonna se trajo todas las recetas de las pastas y dejó las de los postres allá.
9. Almacén de Ramos Generales, en San Antonio de Areco
Un clásico. En un pueblo que se autodenomina histórico, gauchesco y un montón de adjetivos más, este lugar, alojado en un local de 1850, logra hacer sentir al comensal en un almacén de otras épocas. La decoración, excedida de motivos históricos y gauchescos. La comida, excelente. De todas formas, si se decide realizar esta escapada tal vez convenga más concentrarse en conocer el pueblo. Son 133 kilómetros por Panamericana ramal Pilar (ruta 8).
10. La Estación, en Gouin
Ok, hice trampa. Este está a 154 kilómetros. Pero vale la pena: el restaurante está montado en una estación de ferrocarril abandonada. Se puede comer en el interior de la sala de espera o en el andén, junto a las vías. La comida no es descollante (sí las empanadas que sirven como entrada), pero el ambiente es único. Por ruta 7 hay que hacer 137 kilómetros y unos cuantos más por un camino de tierra en muy buen estado.
-Fotografías de Villa Ruiz y Gouin, gentileza de Rubén Areces.
Etiquetas: argentina, buenos aires, Campana, Carlos Keen, Cortínez, Gouin, Navarro, Otamendi, San Antonio de Areco, Tomás Jofré, Uribelarrea, Villa Ruiz







muy buen recopilatorio! espero sigan todos abiertos… en Carlos Keen tambien esta 1900… muy buena parrillla y el lugar de 100 años…