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Fin de Curso

Todavía puedo sentir el cosquilleo en el estómago, la ilusión que me embargaba, cuando mis padres me confirmaron mi primer “GRAN VIAJE”. Tenía trece años, iba a ir cinco días a Mallorca, como premio por haber terminado el colegio con buenas calificaciones. Nuestro profesor nos amenazó seriamente, para que nos portásemos bien. No iba a tener ningún problema, ni ningún tipo de escrúpulo para enviarnos de vuelta si había algún incidente serio.

Fuimos en barco. Llegamos cuando ya anochecía, al puerto de Valencia. Recuerdo sobre todo el barco que me pareció inmenso todo luminoso.

Recuerdo las escaleras que no se acababan nunca y que crujían, el agua del puerto tan sucia. Padezco de vértigo y no podía mirar hacía abajo, al mismo tiempo que me temblaban las piernas. Debía vencer mis miedos, había deseado tanto hacer ese viaje.

-Date prisa, que estás haciendo tapón ¿no te das cuenta de que vas muy lenta? A ver si espabilas, que no tenemos toda la noche.

Mi profesor como siempre tan simpático y relajado, ni siquiera de viaje se alegraba un poco para variar.
Y continué mi marcha hacia el barco, no llegaba nunca y no dejé de mirar al cielo, para vencer mi miedo a las alturas que me tenía completamente paralizada.

No asignaron butacones para descansar por la noche. Una amiga mía se mareó y nos recostamos en la sala de las butacas, para ver si se le pasaba.

-Me encuentro mal, tengo ganas de vomitar, y hace mucho frío.

Nadie nos advirtió que en el barco nos íbamos a congelar y que debíamos coger ropa de abrigo.

-Si quieres vamos al camarote, que tengo una rebeca.
-¿y eso qué es?
-Una chaqueta ¿acaso no hablas español como yo?

Contestó un chico rubio, de ojos azules, vivarachos. Se llamaba José Luis, era muy bajito. Un metro cincuenta. Creo que no crecía de lo que sabía, como se dice vulgarmente. Apenas finalizada la frase apareció con una rebeca de color azul

-Es un poco grande, pero servirá ¿estás bien?

Me dí cuenta de su acento andaluz. Eran de Sevilla. A los dos minutos trajo a una docena de amigos a los butacones, mi amiga se mareó de verdad, pero no le importó en absoluto, se le pasó enseguida. No todos los días conocíamos gente tan divertida.

Subimos a la cubierta del barco, llevamos chaquetas prestadas que nos dejaron. Nos pasamos toda la noche hablando, contando chistes andaluces, anécdotas estudiantiles, bailando con un radiocasete y riendo sin parar. No recuerdo haberme reído más en toda mi vida. Cuando pienso en el carácter andaluz, me acuerdo de mi primer viaje de mayor y de lo bien que lo pasé.

mallorca Fin de Curso

Vimos el amanecer en el barco, un espectáculo precioso, que todo el mundo debería disfrutar, por lo menos una vez en la vida. No se puede describir con palabras.

Fuimos a la playa del Arenal que es donde iban todos los estudiantes. No vi una excesiva diferencia con el paisaje mediterráneo. Quedé un poco decepcionada. Con el hotel (de tres estrellas) nos tomaron un poco el pelo porque estaba semi-destrozado y apenas tenía perchas, las puertas del armario no cerraban, la cama crujía, los somieres estaban rotos, la ducha sin cortinas, las puertas rotas. Alquilamos unas bicis para varias personas, nos caímos de un modo escandaloso, pero teníamos trece años. Éramos de goma-espuma como los jugadores de la selección española.

Fuimos a visitar la catedral, las cuevas del Drac, las fábricas de vidrio, pero lo que más nos gustó fue que nos prometieron que al finalizar el viaje iríamos a la discoteca del hotel.

drac Fin de Curso

La discoteca era pequeña, con una bola brillante que daba vueltas e iba enfocando cada zona del barco. Me recordaba a la película de Fiebre del sábado noche. Me sentí como en otra dimensión.

Estaba llena de gente de nuestra edad, pero lo más maravilloso de todo que no nos esperábamos, es que allí estaban nuestros amigos los andaluces, los que no paraban de reír.

En aquellos tiempos se bailaba suelto, y luego ponían canciones lentas románticas. Si íbamos con amigas hacíamos apuestas:

-El primero que te pida bailar, le dices que sí, aunque será un cardo ¿de acuerdo?

Y te tocaba apechugar, con algún feote que además solía ser un poco pulpo porque no se comía una rosca, y por lo tanto cuando podía aprovechaba la coyuntura.

Esta vez los dioses fueron favorables, y me pidió bailar el chico más guapo de toda la discoteca.

-Me llamo Rafa y ¿tú?

-Yo Mónica, contesté mientras apoyaba mi cabeza sobre su pecho para que no viese que me ponía roja como un tomate, y que empezaba a temblarme la voz.

-Eres muy guapa, la más guapa de tus amigas ¿sabes?

Le dediqué la mejor de mis sonrisas porque no supe que decir, yo era tímida y del montón. No podía sucederme esto a mí.

Estuve toda la noche bailando con Rafa, paseando con él. Nos despedimos con un beso, pero sabíamos que no íbamos a vernos nunca más.
Todavía me extraña que se fijara en mí el chico más guapo de la discoteca. Yo llevaba una camisa de color blanco con rayas verdes y unos pantalones verdes “wranglers”, el pelo castaño largo con raya al medio y lacio. Mis amigas iban mucho más arregladas.

Todavía me acuerdo de aquella despedida, de su pelo negro como el azabache, de sus ojos verdes, de sus pestañas espesas e innumerables. Era una niña y estaba convirtiéndome en una mujer. Era la primera vez que alguien me veía así.

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A la vuelta cogimos el avión. Se sentó a mi lado un niño que estaba acostumbrado a viajar, le iba a esperar su padre a Valencia y me iba indicando las instrucciones.

Cuando el auxiliar de vuelo empezó a indicar lo que había que hacer en caso de fallo mecánico o colisión dijo sin inmutarse:

-Si nos la pegamos, lo más seguro es que no lo podamos contar, o sea que no hagas ni caso.

Pedimos un zumo y nos trajeron algo de prensa

Nuestro profesor como siempre tan catastrofista comentó

-Os voy a repartir bolsitas, porque cuando esto empiece a subir, no vomitéis la primera papilla que os dieron cuando erais pequeños.

Sentí un pequeño cosquilleo en el estómago, pero lo que más me llamó la atención fue ver cómo las casas se iban empequeñeciendo, cómo se podía ver la forma de la isla, con lo cual los mapas estaban en lo cierto,ver desfilar las nubes. Me pareció maravilloso. Pasaron treinta y cinco minutos en un suspiro.

-Abróchense los cinturones, que vamos a aterrizar

Sentí un cosquilleo más fuerte, un fuerte pitido unido a dolor de oídos y cerré los ojos para no dejarme llevar por el pánico y montar el número.

Nada más llegar al aeropuerto, compré unas ensaimadas de Mallorca, rellenas de cabello de ángel para la familia. Cuando llegamos a casa las probamos porque apenas habíamos comido ni dormido, en este primer viaje de fin de curso.

-¿Qué tal el viaje?
-Bien.
-Pero cuenta algo más mujer, has estado cinco días.
-Mamá, estoy agotada.
-No me extraña, con ese carácter, nunca encontrarás novio.

Y me fui a dormir sin dar explicaciones.

Aun puedo sentir el dulce sabor de la ensaimada, que se derretía en la boca. Al igual que las sensaciones vividas durante el viaje, han perdurado durante unos treinta años.

 

Autora: Lulu Archer, Castellón.

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