Nunca viajábamos, nunca íbamos a ningún sitio. Mi padre era hombre de campo y con dedicar sus horas libres a la huerta, tenía bastante. Un día dio una gran campanada, realmente no sé porqué lo hizo. No le gustaba nada viajar, la incertidumbre de no saber cómo iba a ir todo, le ponía malo. Tenía que ir siempre sobre seguro. Había pasado muchas penalidades en la guerra y se acostumbró a no arriesgar nada por si perdía lo poco que había conseguido con mucho esfuerzo.
Estábamos comiendo, mirando la primera de TVE, escuchando las noticias sin decir ni pío, porque si no nos enterábamos de lo que pasaba en el mundo y eso era muy grave. Yo pensaba que era más importante hablar en la sobremesa de lo que nos acontecía que lo que sucedía en el exterior, pero parece que era la única que pensaba de esa manera
Cuando estábamos con el postre, mi padre dijo que había pensado hacer un viaje a Andorra, que en la fábrica donde trabajaba había programado uno en autobús a muy buen precio.
Nos pareció estupendo, la idea tuvo nuestro apoyo por mayoría absoluta.
Era la década de los setenta, Andorra era una panacea podía comprar de todo: tabaco, whisky, relojes, joyas, ropa, perfumes y si sabías hacerlo bien no te pillaban en la aduana y te ahorrabas un dineral.
El viaje era en septiembre, fue un verano espantoso. Mi padre “doblaba” el turno y apenas le veíamos por casa. Como mi madre tenía más trabajo con nosotros, siempre estaba enfadada. Fue un verano horroroso, lo recuerdo como una pesadilla.
Llegó septiembre y emprendimos nuestro viaje. Éramos unas cien personas. Del viaje me llamó la atención las carreteras tan estrechas. Tenían unas curvas cerradísimas y parecía que iban a chocar dos coches si se encontraban de frente. El autobús subía las cuestas de los puertos con dificultad y daba la impresión de que tendrías que bajar a empujarlo para que subiese el puerto, y otras veces tenías la impresión óptica de irte a caer por el barranco. Decidí aprovechar el viaje, dormir un rato, distraerme, no mirar al conductor, ni hacía abajo. Los paisajes de montañas bañadas en color verde oliva, el olor a hierba fresca, los riachuelos que discurrían a gran velocidad y los abruptos barrancos en los que parecía que la montaña se había partido en dos. Era un paisaje precioso, un regalo para los sentidos.
Hicimos sólo una parada, había que aprovechar el fin de semana. Llegamos a pequeño hostal. Era familiar, coqueto y muy limpio. Mis padres decidieron que cada uno de ellos dormiría en una habitación con nosotras. No querían de ningún modo que durmiéramos solas. Eran compañeros de trabajo, pero viajábamos (nosotros que nunca lo hacíamos) a un lugar desconocido y nunca se sabe de quien te puedes fiar.
Mi padre, a costa de esfuerzo y trabajar duramente todo el verano había ganado mucho dinero para este viaje. Quería que no lo olvidásemos nunca, que fuera un regalo impresionante.
Andorra era muy pequeña, tres o cuatro calles. Había muchísimos franceses y catalanes.
Nada más bajar del autobús y una vez descargamos el equipaje en el hostal, papá dijo unas palabras mágicas. Lo hizo de un modo natural, como si dijese lo mismo todos los días. Parece que le esté oyendo todavía.
- Id y mirad si os gusta algo, podéis comprar lo que queráis.
Me parecía esta soñando ¿era ese realmente mi padre? ¿El que no nos llevaba nunca a ninguna parte?
-¿Lo dices en serio? Pregunté alucinada.
-Por supuesto, contestó muy ofendido. Para eso he estado trabajando todo el verano como un esclavo.
No estaba acostumbrada a comprarme caprichos, me sabía hasta mal. Pero de repente me solté e iba señalando con el dedo todo lo que se me antojaba. Estas oportunidades sólo se dan una vez en la vida. Probablemente no volveríamos jamás a Andorra y había que aprovechar. Compré de todo: reloj, ropa, vaqueros, perfumes, pendientes bolsos, un radiocasete que era lo que se llevaba entonces. Para nosotros whisky, tabaco, coñac del bueno y muchísimos paquetes de azúcar.
Había que llevar un máximo de peso, creo, y procuramos cumplir con lo estipulado. Mi padre era un hombre recto y no se arriesgaba lo más mínimo.
El día de vuelta, cargamos todo en el autobús. Había gente que se había pasado mucho ¡se habían llevado las existencias de Andorra y la habían vaciado entera! Algunas veces hacían parar a los autobuses, revisaban y confiscaban. Afortunadamente a nosotros nos dejaron continuar nuestra marcha. El autobús cogía velocidad cuando bajábamos los puertos y parecíamos que íbamos a volar y caer en el fondo del barranco, pero era sólo una ilusión óptica.
Hicimos una única parada, para llegar antes. Estábamos felices, volvíamos cargados de compras, de regalos y encargos.
Nosotros pusimos el freno a tanta petición interesada. Teníamos una familia muy grande pero sólo llevamos cosas a los íntimos. Si hubiéramos hecho todos los encargos que nos hicieron probablemente no hubiéramos hecho ninguna compra nuestra.
Los familiares no tan cercanos se habían enterado de que marchábamos y es que a veces parece que las paredes hablen ¡no se lo habíamos comentado a nadie, y lo sabía todo el mundo!
Cuando llegamos a casa, descargamos. Dejamos el comedor lleno de paquetes. Más que la vuelta de Andorra parecía que fuera Nochebuena. Para nosotros fue genial, como si hubiéramos estado de compras en la Gran Manzana de Nueva York. Estábamos reventados. Nos pusimos el pijama y nos fuimos a descansar un ratito. Había sido un fin de semana emocionante, inolvidable y realmente agotador.
Autora: Lulu Archer, Castellón
Etiquetas: andorra, andorra la vella, concurso, relatos cortos






